Camino por autopistas

¿Para qué habré vuelto a buscar el termo? Si yo sé que tres minutos que pierdo y se hace imposible la subida a la autopista.

Este semáforo no abre nunca. ¿Por qué sigo yendo por este camino si ya sé que se volvió imposible? Un segundo más y pasaba. Seguro que cuando abra se queda trabada la camioneta que está cruzando y yo me como otro semáforo.

¿Adónde irá ese conductor? ¿Será dueño de su negocio o empleado? ¿Alguien se preguntará en qué trabajo yo? ¿O dónde voy? Siete minutos para hacer una cuadra. Llego tarde. Y todo por este bendito termo. Hubiera sido mejor tomar el colectivo. Antes era al revés. Ir en colectivo era lo más seguro para fichar tarde y comerte el descuento, además de perder el presentismo.

La autopista colapsada. Obviamente. Por algo me tomó diecisiete minutos en subir cuando lo esperable son dos. Primera. Punto muerto. Primera de nuevo. El auto avanza diez metros. Piso el freno. Dejo el cambio puesto y apreto a fondo el embrague. Me gusta estar preparada. Treinta segundos. Pongo punto muerto. Relajo la pierna del embrague. Minuto y medio. A mi derecha la fila avanza.

Quiero meterme en ese carril. Pero nadie ve mi guiño ni se dan cuenta de que estoy metiendo la trompa. ¿Nadie me ve? No puede ser posible. Circulan en una fila cerrada, con movimientos idénticos, acompasados. Me pasan tres autos a diez kilómetros por hora.

Los conductores miran al frente como si tuvieran cuello ortopédico y anteojeras. La conductora de atrás de mi auto observa algo delante de sí. No estoy segura de que me esté mirando a mí. Ve algo a través del parabrisas frente a ella. Parecen ojos de cera. Los conductores a mi derecha tienen el mismo aspecto. Me inquieta. ¿No quieren verme?

El auto rojo de adelante avanza unos tres metros. La tortuga Carola de mi amiga es más rápida. Me cuesta volantear para volver a colocarme en mi carril. A mi derecha una moto pega una frenada. Casi se traga mi puerta delantera. Si dice algo no puedo escucharlo. Debe decir algo porque me mira como si me hablara. Quizás no me mira. Quizás solo espera que termine de maniobrar. Por el espejo retrovisor veo que se acercan dos motos más. Encapuchados. Vestidos de negro. Zigzaguean. Me sobrepasan. A mí y a todos los de la fila. Me hacen acordar a los ratones del laboratorio circulando por entre los pasillos del laberinto. Me gustaría ser uno de ellos ahora mismo.

La fila de mi izquierda avanza lentamente. Pero no se detiene. Apenas logré corregir la posición de mi auto y ya nos detuvimos. Me siento sin aire. Bajo la ventanilla, aunque comenzó a garuar. No puedo decir que de afuera proviene ruido. Porque no es ruido. Pero me ensordece. Prendo el aire y subo las ventanillas.

Primera. El auto avanza. Carola ya hubiera llegado al laboratorio.

Así cada mañana. Me angustia no llegar a tiempo. Pero tengo el termo.

La vuelta va a ser igual. Peor, quizás. Mañana por la mañana también. Antes era distinto. Tiempo atrás no había tantos autos en la calle. La gente, ¿miraría a la gente?

Piso el freno de golpe. Vamos muy pegados. La de atrás estaba atenta. Por suerte para mi auto.

A quinientos metros tengo que bajar de la autopista. La ansiedad me hace remolino en el estómago. No puedo sacar el brazo, no llego a la ventanilla. Nadie ve mi guiño. Vuelvo a intentar un giro, suave pero seguro. Quizás el auto de atrás se asuste y me deje entrar. No me ve. Continúa su marcha como si no tuviera ningún obstáculo delante a su izquierda. Mira al frente con ojos de cera. Un ratón lo sobrepasa por su derecha.

No hay semáforos en la autopista. Pero no avanzan. El carril de mi derecha sí. Hubiera elegido ése. Pero el tránsito me trajo hasta éste. No puedo entrar porque nadie me mira. Avanzamos. La fila de mi derecha se detiene. Debo poner primera y pisar el acelerador. Nadie se da cuenta de que estoy en la fila equivocada. De que llego tarde. De que tengo que bajar en trescientos metros. De que me arrepiento profundamente de haber vuelto por el termo.

No puedo detener la marcha. La conductora de ojos de cera no me lo permite. Avanza. No se entera de que estoy desacelerando. Está solo atenta a la fila que marcha. Tampoco ve que puse el giro. Tres o diez motos ya me sobrepasaron con la agilidad de mis ratones cuando los coloco en el laberinto acostumbrado.

La autopista entera avanza a mis espaldas. Se levantan como una ola descomunal. Cien metros. Las cabezas al frente, las miradas traspasando los parabrisas. 

Tercera marcha. Cuarenta kilómetros por hora y acelerando.

Llego tarde. 

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